CATALUÑA

02.09.2015 10:41

Cuando el primero de agosto inicié mi viaje por el centro de Cataluña ya os confié mi sospecha de que la historia del independentismo catalán se escribía con el corazón. Hoy, de regreso a mi pequeño pueblo de Bell-Lloc d'Urgell, puedo confirmaros que lo que era una sospecha se ha convertido en una certeza.

Con esta inicial premisa, alguno de vosotros sentirá alivio anestesiado por el animismo lírico, según el cual todo lo relacionado con el corazón es generoso, espléndido y genuino. Nada más opuesto a lo que yo sentí, sabedor de que su poética grandeza es lo que hace del corazón un concienzudo insobornable.

De este modo, lejos de lo que podíamos pensar, la confirmación de mi inicial sospecha nos coloca en un territorio minado de dificultades en nuestra voluntad de buscar algún apaño para edulcorar el conflicto hispano-catalán. Pero no acaban aquí los problemas puesto que otro aspecto que complica nuestro empeño conciliador es que esto que hemos llamado conflicto, no brota - como algunos sugieren - de una súbita ocurrencia, sino de una larga biografía, embutida en un vaivén entre latente y manifiesto.

Preparaos pues para disentir y compartir argumentos aquí expuestos, que probablemente no nos llevarán a ninguna parte pero que son el fruto de reflexiones e interacciones lo más equidistantes posible de las dos partes en conflicto. Os aseguro que en esta tarea me ha guiado la neutralidad, si eso es posible.

Desde que volvió a hacerse patente en la sociedad catalana un indisimulado espíritu soberanista (especialmente visible a partir de la Diada el 11 de septiembre de 2012), Madrid (representando en Madrid los poderes centrales del Estado) ha tendido a banalizar erróneamente los distintos episodios que han ilustrado el clamor independentista de una parte no pequeña de la sociedad catalana. Cuando Cataluña reclamaba más atención, Madrid le volvió la espalda con desdén. Un amigo de Vic, me dijo que cosas como esta han encendido en mayor grado, si cabe, el anhelo independentista catalán, incluso del que aún hibernaba.

Es cierto que la vuelta de la exaltación nacionalista ya estaba a flor de piel en Cataluña reavivada por los estragos de la crisis económica, los graves errores del anterior gobierno de Zapatero y ciertas decisiones judiciales que cuestionaron los intentos de ‘desenrocar’ el Estatut. Como digo, estos elementos y algunos más atizaron muy eficazmente los imperecederos rescoldos soberanistas del pasado.

Simultáneamente a esta sucesión de desencuentros, el brazo político del nacionalismo moderado catalán fue dándose cuenta de que el furor independentista daba cobijo a un gran yacimiento de poder. Para mantenerse en la cúpula de la política catalana, Artur Mas necesitaba convencer al nacionalismo radical de que su proyecto también formaba parte de la misma sustancia, intentando enterrar la imagen de un aliado ocasional. El líder de Convergencia comenzó así una espiral de compromisos políticos con el independentismo, adentrándose cada vez más en un camino sin retorno.

Con su nueva estrategia, Artur Mas muestra un semblante irreconocible para no pocos de sus correligionarios políticos hasta el punto de dinamitar la añeja alianza entre CDC y UDC. Mientras esto sucede en el seno del nacionalismo moderado, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) va añadiendo quilates a su tradición soberanista, reforzando la consistencia de su deriva más independentista.

La instrumentación de los finos hilos de la afección sentimental siempre ha sido un recurso muy a mano del poder político. Tengo la sensación de que Mas ha utilizado esta táctica con la cabeza mientras Junqueras lo ha hecho con las vísceras o, si lo prefieren, con el corazón.


Por su parte, los defensores del independentismo catalán pertenecientes a su órbita intelectual, se esfuerzan para hallar en la biografía del nacionalismo pedazos de la Historia que lo legitimen. Misión imposible puesto que la Historia es contada por los historiadores, relegando a la Historia a un concepto meramente abstracto, cuando no sospechoso de contaminación ideológica.

Pues bien, algunos historiadores nos cuentan que el 11 de septiembre de 1714 Barcelona se rinde a las tropas de Felipe V. También nos cuentan que los catalanes lucharon contra el Borbón llevados no tanto por la independencia de Cataluña como por el afán de colocar en el trono de España al archiduque Carlos de Austria, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, además de pretendiente al trono español durante la Guerra de Sucesión.

Pero, ¿qué sentido tenía que Cataluña apoyara al archiduque en contra del Borbón?

Veamos: una vez se hubiera instalado en el trono de España el archiduque Carlos de Austria, con el reconocimiento de Cataluña, éste debería jurar y mantener las leyes catalanas, en base a un pacto alcanzado entre Cataluña y distintas naciones europeas encabezadas por el del Reino de Gran Bretaña bajo los auspicios de Ana de Inglaterra.

Sin embargo, los vericuetos de la Historia condujeron a un cambio sustancial en el tablero europeo de las alianzas (rubricado en el Tratado de Utrecht) a raíz del advenimiento al poder del partido tory en Gran Bretaña. Por lo pronto, este hecho descuelga a la isla como principal patrocinador del archiduque Carlos al trono español, lo que dejó sin efecto su proyectada defensa de las leyes catalanas, muy a pesar de la corona británica.

Consolidado en el trono de España, Felipe V lejos de mantener el ordenamiento constitucional catalán, lo deroga, tal vez llevado por un cierto revanchismo político. En definitiva, cada parte defendía sus intereses. Los catalanes trataban de mantener sus derechos constitucionales y el Borbón su acceso al trono de España.

Pues bien, varios de mis interlocutores en esta excursión por Cataluña (los que han hecho posible este trabajo) subrayan la relevancia de este episodio de nuestra historia para entender una parte de la desconfianza que aún hoy persiste en la memoria del nacionalismo catalán frente al poder central del Estado.

Quién hubiera dicho en el Siglo XVIII que el ascenso al poder de los tories en Inglaterra supondría tan grave conflicto entre España y Cataluña hasta bien entrado el Siglo XXI.

Un último apunte antes de terminar este capítulo y, exclusivamente perteneciente al ámbito de lo anecdótico, me lleva a detenerme un instante en unas recientes declaraciones de Oriol Junqueras, según las cuales los catalanes tienen más proximidad genética con los franceses que con los españoles.

Como quiera que el señor Junqueras es un experto historiador tiendo a creer que no desconoce la biografía de Felipe V, que sitúa su lugar de nacimiento en Versalles. Honestamente debo reconocer que ignoro el contexto en que el líder ERC formuló tales declaraciones.

EL PRIMER PARLAMENTO EUROPEO