EL TORO POR LOS CUERNOS

30.11.2015 11:50

Cuentan algunos antropólogos que ciertas tribus celtas (los Taurisci),
acostumbraban a capturar  a los toros por los cuernos para impregnarse
de las más estimadas atribuciones que asignaban a estos animales, no
otras que la fuerza y el valor.

En estos tiempos electorales, el Perplejo Espectador echa en falta un
compromiso firme del presidente del Gobierno para poner coto a la
corrupción. Uno tiende a creer, tal vez con cierta candidez, que
Mariano Rajoy y sus asesores analizan puntual y minuciosamente la
estrategia del partido en toda circunstancia, más aún cuando las urnas
merodean
el horizonte. Si es así, ¿qué no están viendo los estrategas del
Partido Popular que sí ve el sentido común de los ciudadanos?

Es cierto que el electorado español tiende a ser compasivo con los
errores de sus políticos al mismo tiempo que no parece gozar de una
memoria especialmente dotada. Sin duda, tales características
prolongan la vida política de quienes, a menudo, olvidan que el decoro
no debe ser incompatible con el ejercicio de la cosa pública. Los
episodios de corrupción - supuesta o manifiesta - que salpican al
partido en el Gobierno están demasiado próximos y son demasiado
llamativos como para darles la espalda ante la inminente
convocatoria de elecciones generales.

¿Podría tratarse de no menear más la porquería para dejarla caer en el
pozo del olvido o quizá se contempla a la corrupción como  un
insignificante asunto que apenas merece la atención del presidente del
Gobierno? Un servidor no sabría decirles, pero sí tengo la sensación
de que existe una flagrante
inconsistencia entre la actitud y las palabras de Rajoy frente a los
abusos cometidos desde la sombra del partido que lidera.

Abstracción hecha de las fallidas promesas electorales que llevaron a
La Moncloa al Partido Popular en 2011 y haciendo un ímprobo esfuerzo
de
pragmatismo, podría entender los distintos ajustes económicos
abordados por el Gobierno de Rajoy en un entorno globalizado. Sin embargo,
de ningún modo me resulta comprensible la tibieza del presidente con
relación al mayor desmán que ha sacudido la confianza ciudadana en los
últimos años de mandado Popular. Sin ningún género de dudas, en
algunos países del entorno próximo, el episodio 'Bárcenas' hubiera
hecho saltar al responsable del partido y, en su caso, al presidente
del Gobierno.

En estos últimos cuatro años, Rajoy ha ido acumulado un formidable debe
con el país a cuenta de los múltiples casos de corrupción y, ahora, a
pocos días de los comicios, su aparente indiferencia frente a este
asunto solo puede interpretarse como un intolerable desdén, no solo
hacia los ciudadanos, sino también hacia el conjunto de las
instituciones. Si no van acompañadas de medidas muy concretas y
etiquetadas de ejemplaridad, los desmanes de los corruptos no pueden
saldarse solo con vagas promesas de contrición.

Nada se le puede reprochar a Rajoy cuando apela al cumplimiento de la
ley para defender la unidad  territorial del Estado, pero ese afán
queda desnaturalizado o sospechoso de simple retórica patriotera si,
con el mismo énfasis, no encabeza la inexcusable cruzada contra los
que solo entienden el ejercicio de la política desde el beneficio
propio. Así no, señor Rajoy.